HUMILDE, FERVOROSA, PACIENTE Y CARITATIVA HERMANDAD DE NUESTRA SEÑORA DEL ROCÍO "ROCIEROS DE CORAZÓN",

  Erigida y establecida canónicamente en la arquidiócesis de Mérida, Venezuela el cinco de diciembre de dos mil catorce.

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  CULTO Y VENERACIÓN

 

     "María, elevada por la gracia de Dios por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, como Madre de Dios Santísima, es honrada por la Iglesia con un culto especial, que difiere esencialmente del culto de adoración que se rinde al Verbo Encarnado, así como al Padre y al Espíritu Santo... Ese culto enteramente singular la Iglesia lo aprueba y favorece." (Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, nn.66 y 67).

     Se llama culto a la reverencia que damos a Dios y a los santos por el honor que merecen. El culto -debido a nuestra condición humana corporal-, lleva al hombre a exteriorizar esa reverencia, que se manifiesta no sólo en actos interiores sino también en prácticas externas. La Iglesia señala oficialmente muchas prácticas de culto debido a Dios y a los santos, aunque cada cristiano movido por su piedad, pueda realizar algunos otros libre y espontáneamente.

 

 

     CLASES DE CULTO:

     De latría o de adoración, que es debido sólo a Dios, como soberano Señor y por su infinita excelencia.

     De dulía o de veneración, que es debido a los ángeles y a los santos por la excelencia de sus virtudes. Al honrar a los santos estamos honrando a Dios, puesto que Él se manifiesta en ellos y por ellos somos atraídos hacia El. El Concilio de Trento enseña la legitimidad de este culto, en contra de los protestantes que han querido ver en ello un modo de superstición (cfr. Conc. de Trento, DZ. 941, 952 y 984).

     Por último, el culto de hiperdulía o de veneración supre­ma, que es el culto debido a la Santísima Virgen en razón de su eminente dignidad de ser la Madre de Dios. La Sagrada Congregación de Ritos, Decreto del 1-VI-1884, di­ce: "Se debe a María un culto superior y eminente sobre los santos, en cuanto que es la Madre de Dios"; (cfr. Conc. Vat. II, Const. dogin. Lumenn gentiumi, n.66 y, S.Th., II-II, q.103, a.4.).
 
     EL CULTO A SANTA MARÍA:

      Si la Virgen María es la Madre de Dios y Madre nuestra, si es nuestra intercesora y mediadora ante la Trinidad Beatísima, es muy justo y propio de hijos agradecidos que le correspondamos con un entrañable amor, que se manifestará en un culto de especial veneración como merece la Reina del cielo, entonces es prudente conocer los elementos del culto mariano:

     Veneración: Es el reconocimiento de la excelencia de la Madre de Dios, fundamento del culto mariano, que lleva a la piedad filial como Madre nuestra que es.

     Amor:  Que se desprende del conocimiento íntimo de lo que es María y de lo que Ella supone en la vida cristiana de cada hombre. Ella es la Madre amable, la Madre del Amor Hermoso. No se puede amar a Cristo sin amar, en Él y por Él, a quien lo hizo nuestro hermano.
      Invocación: Como es Ella la Madre de misericordia, el pueblo cristiano ha tenido siempre la firme y fundada persua­sión del valimiento universal como celestial intercesora.
     Imitación. Imitar a María lleva consigo, por su influjo maternal, una configuración con su Hijo Jesucristo (cfr. Cone. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, n.66).

          Lo anteriormente citado,  se puede resumir en las palabras que nos recoge el Concilio Vaticano II: "Recuerden los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y transi­torio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes".

 

 
     El primer momento de veneración a María lo registra San Lucas. Es del Arcángel Gabriel cuando la saluda con re­verencia diciéndole: "Dios te salve, María, llena eres de gra­cia" (Lc. 1,28).
 
      Más adelante, Santa Isabel alaba a María cuando excla­ma: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que la Madre de mi señor venga a visitarme? “ (Lc. 1,42 ss).
 

     La misma virgen María profetiza, llena de humildad y de gozo: "He aquí que me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque el Todopoderoso ha hecho maravillas en mí" (Lc. 1,47).

 
     Luego, años más tarde, cuando Jesús hablaba, inespe­radamente una mujer del pueblo grita con toda su alma: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron!" (Lc. 11,27).
 
     Después de la Ascensión del Señor a los cielos, los Apóstoles perseveraban en unión con María, la Madre de Jesús (cfr. Hechos 1,4).
 

 
     EL CULTO A MARÍA EN LA IGLESIA:

      Durante los tres primeros siglos, ante la imposibilidad de un culto externo y público --debido a las persecuciones-, los cristianos veneran a María en las pinturas que se plasman en los murales de las catacumbas. Con la paz constantiniana (en el siglo IV), que permite el culto público, y con el Concilio de Efeso (en el siglo V), que define la divina Maternidad, el culto mariano se extiende y propaga por todas partes.

     Desde el siglo IV y hasta nuestros días se construye Iglesias dedicadas a la Santísima Virgen, Basílicas, Santuario y ermitas esparcidos por toda la tierra, como lugares de especial encuentro con María, la Señora del dulce Nombre.

     Hace muchos siglos en la Iglesia se reza o se canta el Oficio divino en honor a María y, en todo el mundo, se cele­bran Misas propias para honrarla.
     De las oraciones litúrgicas que existen para alabarla e invocar su protección y auxilio maternales son tan, abundan­tes que, sería interminable su enumeración (cfr. Apéndice l).
       En el Calendario litúrgico, tanto universal como particular de países o regiones, existen muchas celebraciones de fiestas marianas, tales como la de la Maternidad, la Anunciación, la Asunción, la Natividad, la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de Fátima, de Lourdes, del Carmen, Socorro, Chiquinquirá, El Rocpio y Santa María de Guadalupe, patrona de América.
 
     Los debidos cultos propios a María Santísima del Rocío, con los propios y comunes dedicados por el mundo católico cristiano católico apostólico a la Virgen, en el caso de la devoción rociera, tienen ciertas características especiales y propias heredadas de generación en generación, propias de la iglesia particular, tal como contempla la ley de la Iglesia.
 

QUE VIVA LA VIRGEN DEL ROCÍO, PATRONA DE ALMONTE, DESDE 1653, REINA DE LA MARISMA, Y DE LOS ÁNGELES  MADRE DE DIOS Y DE TODOS LOS ROCIEROS DEL MUNDO.

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